Una fábula para nuestros tiempos

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texto original de Murray Rothbard
traducción de Daniel Duarte

I.

Érase Una Vez un pacífico valle. La gente era feliz en este valle; trabajaban, comerciaban, y se reían juntos. Ningún hombre ejercía la fuerza sobre su vecino, y todos vivían y prosperaban.

Un día llegó a este valle una pandilla itinerante de saqueadores, dirigida por un líder, a quien llamaremos Héctor. Esta pandilla vino con ametralladoras, y, como era su costumbre, violaron y saquearon a voluntad a la gente del valle. A medida que se estaban preparando, como siempre, para incendiar el valle entero (“por diversión”, como uno de la Pandilla de Héctor lo puso de manera sucinta), uno de ellos, un joven intelectual brillante a quien llamaremos Iago, los detuvo.

“Mire, jefe,” dijo Iago, “¿Por qué no cambiamos nuestro modus operandi? Estoy ya harto de andar errante, buscando siempre el siguiente blanco, las próximas víctimas, siempre a la fuga. Este es un lugar aislado, un bello paraje. Asentémonos aquí y dirijamos las vidas de estas personas. Entonces, podemos ordeñarlos todo el tiempo, en lugar de matarlos a todos y seguir adelante.” Héctor era un astuto jefe de pandilla y vio la sabiduría de la idea. La banda se estableció.

Y así, el robo y el pillaje se hizo crónico en vez de agudo. Se impuso un tributo anual sobre el pueblo, la Pandilla ejercía el poder y el dictado sobre él, y la Pandilla se pavoneaba en uniformes, dando órdenes. Hubo mucho resentimiento en un primer momento, la gente del valle murmuraba, y comenzaron a formar una Resistencia del Pueblo.

Iago, el teórico principal de la Pandilla de Héctor, explicó al jefe que otro gran cambio en sus métodos era necesario para adaptarse a las nuevas condiciones. “Esta gente nos supera en número, jefe. Finalmente, a pesar de que no tienen armas ahora, estas personas podrían echarnos, y perderíamos el mejor negocio que hemos tenido. Lo que debemos hacer es que les guste.

Hacer que les gustara fue la gran tarea de Iago y su grupo de compañeros teóricos, y Héctor y sus muchachos quedaron encantados con los resultados. Iago hizo digerir a la gente argumentos como el siguiente: “Esto no es tributo, es protección.Tenemos que protegerles por su propio bien. De lo contrario, ustedes empezarían a matar y saquearse el uno al otro.”

“Es cierto, tiene razón”, murmuraba la gente. “Héctor y su pandilla pueden ser un grupo de alborotadores, pero por lo menos nos protegen de nosotros mismos.” Es que la memoria de la gente es corta.

Y Iago continuó: “Esto no es tributo, es su protección. Nosotros tenemos que protegerles de los carroñeros del otro lado de la montaña.” Y estas palabras tomaron verosimilitud, ya que la Pandilla de Héctor, siempre ávida de botín, empezó a enviar tropas al otro lado de la montaña, y luchas ocurrieron periódicamente.

La gente escuchaba, y aceptaba. “Es cierto. Héctor y sus muchachos pueden ser muy malos. Pero al menos son nuestros. No son un montón de extranjeros como las personas del otro lado de la montaña. Necesitamos protección de ellos.” La gente se olvidó de que no había habido problemas con la gente del otro lado de la montaña antes. Es que la memoria de la gente es corta.

“Esto es muy bueno, jefe, pero necesitamos más medidas y más teorías para mantener a estos imbéciles contentos”, dijo Iago. Y Héctor y Iago comenzaron a hacer propaganda de que todos los niños debían ser educados en las escuelas poseídas y administradas por Héctor, Iago, y su Pandilla. Llamaron a estas escuelas “Escuelas del Valle”; y “las escuelas del pueblo”.

“Cualquier persona que no eduque a su niño en una Escuela del Valle es antidemocrática. Es antisocial y odia al pueblo. De hecho, es anti Valle.” Los secuaces de Iago con tendencia académica, que se autodenominan “economistas” (“Tiene un lindo sonido griego, jefe”), predicaron que “cada uno se beneficia realmente de ser obligados a pagar y asistir a las Escuelas del Valle de Héctor, porque si A está educado, entonces B está mejor, y por lo tanto B debe ser forzado a ser educado, y A también.”

Y la gente escuchaba y asentía con la cabeza; y los de tendencia académica entre ellos escuchaban y asentían, también; y muy pronto se convirtieron en miembros de la Pandilla de Héctor, División de Académicos.

¡Qué maravillas se consiguieron haciendo que a ellos les guste! Héctor y su banda original mandaron traer a todos sus familiares de cientos de kilómetros a la redonda, y llegaron todos y se unieron a la Pandilla de Héctor, y vivieron de la abundancia de la tierra. La proporción del tributo siguió aumentando, al igual que los números de la Pandilla.

A medida que la “recaudación” seguía subiendo, la gente comenzó a quejarse de nuevo. Iago y sus hombres exhortaron y amonestaron a los quejosos: “Todos ustedes son egoístas”, dijeron, “porque no quieren contribuir y servir a sus hermanos.” (Los “hermanos” eran, por supuesto, en gran medida los miembros de la Pandillas de Héctor.) Y la gente, especialmente los moralistas entre ellos, asintieron con la cabeza y estuvieron de acuerdo. Estuvieron de acuerdo en que cualquier persona que mantuviese oposición a Héctor y su Pandilla era “egoísta, antisocial, y velaba solamente por su propia ganancia y codicia.”

Y Héctor y su banda reclutó a gran parte de los habitantes del valle como mano de obra con el fin de construir a la Pandilla un gigantesco palacio en la cima de la colina principal del Valle. Era un hermoso e imponente palacio, todos decían.

Unas pocas personas se quejaban de esta coacción y desperdicio. Iago y sus hombres vociferaron: “¡Criaturas miserables! Aquí hay un gran monumento que hemos construido, un monumento a la gloria y el destino y la grandeza de Nuestro Valle. Y ustedes, flojos y tacaños, negarían a Nuestro Valle su monumento.”

“Tene razón”, dijo la gente, mirando con enojo a los que se habían quejado. “Este valle tiene el mayor palacio que cualquier otro en esta tierra.”

Periódicamente, Héctor y su Pandilla irían a pelear con la gente del otro lado de la montaña, para extender su territorio y su área de saqueo. En esos periodos, necesitaban más hombres para luchar, por lo que reclutaban de nuevo forzosamente a gente del Valle para su pandilla. A los reclutas, y a todo el pueblo, se les enseñó que cualquier resistencia a esta conscripción no sólo sería respondida con medidas severas, sino que también era una grave “traición” al Valle y su gobierno legítimo, la pandilla de Héctor. El viejo estandarte de batalla que Héctor y sus hombres levantaban antes de ir a la siguiente ciudad, Héctor y Iago transformaron en la “Bandera Sagrada del Valle”; cualquier persona que no se inclinara a la bandera o no cantara el viejo canto que Héctor y su pandilla cantaban siempre antes de salir para una pelea también era etiquetado como un “traidor” y tratados en consecuencia.

Brillantes realmente fueron algunas de las teorías que Iago y sus hombres tejían al servicio de Héctor y su pandilla. Por ejemplo, cuando un Resistente aislado señalaba el proceso de robo que estaba ahora organizado y en marcha, los hombres Iago decían: “Mire, puede que tenga razón para la época histórica anterior. Hoy en día, los tiempos han cambiado, y nuestra manera de pensar debe cambiar para adaptarse a la era moderna. En la era pre-Héctor, este proceso era en realidad un robo. Hoy en día, es la cooperación para el bien común y el bienestar de la gente del Valle”.

Y uno de los más brillantes economistas de Iago dijo: “Ustedes no se dan cuenta que el dinero tomado de ustedes por Héctor y sus hombres les beneficia enormemente a todos. Porque Héctor y sus hombres gastan su dinero, ¿no? en sus tiendas y sus mercados. A través de este gasto les dan empleo, hacen circular la oferta monetaria, mantienen alto un poder adquisitivo en masa, que es vital para la Economía del Valle, y proporcionan un ‘estabilizador incorporado’ para el sistema económico del Valle.” La gente escuchaba, y se maravillaban con la sabiduría. Y los hombres de Iago pusieron la teoría en complejos símbolos matemáticos; y la gente se maravilló, y Héctor estuvo muy contento, y los más eruditos entre la gente escucharon, y pronto se unieron a la División de Académicos de Iago.

Podríamos seguir delineando indefinidamente la estructura social de este notable y sin duda único valle. Pero el punto importante a destacar es que, por la fascinación cosechada por la propaganda de Iago, el status de Héctor y su pandilla había cambiado por completo de aquellos viejos y casi olvidados días. Donde una vez Héctor y su banda se escondían como si fueran criminales, eran considerados por todos con gran desprecio y odio como criminales, y estaban perpetuamente en fuga, ahora una revolución había realmente ocurrido. Héctor, Iago, y el resto no eran delincuentes, sino las personas Más Respetadas en el lugar. No sólo eran ricos de su saqueo crónico anual; eran festejados por todos, amados y temidos y reverenciados por la gente del valle. Honores se amontonaban sobre todos ellos. Y todo porque su robo se había regularizado, proclamado abiertamente, y defendido con dulzura.

Recostados en sus divanes, Héctor contento dijo a Iago, “Vaya, nunca habíamos estado tan bien.”

Dando una palmada a Héctor en la espalda, Iago dijo, “A cada minuto nace un idiota.”

Y, mientras tanto, los hombres de Iago estaban hablando en la tribuna ante el pueblo: “Estos tiempos requieren de grandes sacrificios, de la predisposición a dar.”

Y la gente escuchó, y asintieron con la cabeza.

II.

En general, la gente estaba de acuerdo, o se resignaba, al dominio de Héctor. De esas pocas personas, aquí y allá, no influenciadas por la propaganda de Iago, se encargó la Pandilla. Si llegaban a ser demasiado inflexibles, eran llevados afuera con cortesía y fusilados como traidores al Valle.

“Es una lástima”, decía a la gente, “y yo pensé que conocía a Jim. Por supuesto, ¿quién podía saber que él era un traidor? ” Todos estuvieron de acuerdo que los tiempos duros requerían medidas duras.

Mientras tanto, ¿qué había pasado con los restos de la Resistencia del Pueblo? No tenían armas de fuego, los Resistentes, pero luchaban en el campo de las ideas.

“El espíritu, la idea de libertad debe ser mantenida con vida”, dijeron. Por lo que circulaban entre ellos su amor por la libertad y el reconocimiento de quiénes eran Héctor y Iago y sus hombres y qué estaban haciendo.

Y lo que les daba el mayor sustento era su credo compartido: “Nunca lo olviden. Héctor es un ladrón. Héctor es un asesino. Héctor y su pandilla son ladrones y tiranos, y, un día, serán expulsados de este Valle. Héctor es un ladrón y un asesino.”

¿Y qué es Iago? Iago era considerado por los Resistentes con mayor horror aún que Héctor. Porque Iago, señalaron, “es un hombre de intelecto; su fracaso es únicamente moral. Y Iago está manteniendo al régimen con vida al prostituir su intelecto al servicio de sí mismo y Héctor, al engañar a la gente para que acepten su condición.”

“Nunca se olviden de Héctor y Iago”, se decían unos a otros. “Nunca se olviden”.

Un día se levantó entre los Resistentes un líder; era joven y fuerte y muy inteligente: un hombre de virtudes verdaderamente heróicas. Afectuosamente, los Resistentes lo llamaron El Líder. El Líder despreciaba el Consejo de los Antiguos entre los Resistentes: los Antiguos habían aconsejado a los Resistentes a escribir y hablar en contra de la tiranía sólo en abstracto, nunca “ser específico,” nunca mencionar Héctor o Iago o cualquiera de sus fechorías.

“Al infierno con eso”, tronó el Líder ante una reunión de Resistentes. “No es de extrañar que los Antiguos no están llegando a ninguna parte. Tenemos que escribir en las paredes: Héctor es un ladrón; Héctor es un asesino; Iago es una prostituta y una consorte de ladrones y asesinos. ¡Vamos a echarlos!” Los Resistentes aclamaron a este joven con una ovación atronadora. Sus corazones estaban felices; habían encontrado a su líder.

He dicho antes que Héctor y Iago habían llevado a cabo una revolución social en el Valle. Antes, habían sido criminales; ahora eran los hombres más respetables y venerados del Valle. Ahora, por el contrario, eran los Resistentes los parias sociales, tildados de criminales y traidores, y no lograban respetabilidad alguna. Ahora eran los Resistentes quienes tenían que llevar una vida furtiva.

III.

Un día, el Líder tuvo una Revelación. Fue tomado de golpe por un Nuevo Concepto. Era todavía joven, pero ahora sentía que había madurado. Llamó a la Resistencia a explicar:

“Quiero que sepan”, proclamó, “que nunca voy a abandonar la Resistencia. Nuestro fin – la libertad completa – siempre será el mismo. [Ovaciones] Pero estos son nuevos tiempos y ellos requieren nuevos conceptos y nuevos métodos para lograr nuestro objetivo común. [Confusas murmuraciones.] Hemos estado repitiendo una y otra vez, las viejas consignas: Héctor es un ladrón, Héctor es un tirano, y así sucesivamente. Estas consignas se han convertido en clichés cansinos: todo el mundo los conoce. [Murmuraciones: ¿Todo el mundo? ¿Quiénes sino los Resistentes han hecho caso a ellos?] Además, no podemos convencer a nadie permaneciendo negativos y siempre dando la impresión de oponernos a los cambios. Héctor y Iago estaban en lo cierto en un sentido cuando nos acusaban de ser amargos y negativos. ¡A partir de ahora tenemos que acentuar lo positivo! Lo que debemos hacer es mostrarles: a Héctor y Iago y a todo el resto que nuestra forma es mejor que la de ellos. Que podemos lograr más beneficios de manera más eficiente por métodos voluntarios de lo que pueden por la coerción. Abandonemos lemas estériles y negativos, y vamos a demostrar con nuestras acciones y nuestros hechos que la manera voluntaria es la mejor manera.”

El líder fue, como siempre, elocuente, y era fácil influir en el grueso de los Resistentes. “Vamos por lo menos a darle una oportunidad”, dijo la mayor parte de estos hombres hambrientos, cansados, y luchadores. Y entonces el líder fue de punta a punta a través del Valle, predicando el nuevo evangelio de lo Positivo.

Pronto se encontró con que, donde una vez fue tratado como un paria entre la Mejor Gente, ahora tenía las puertas abiertas de par en par en bievenida.

“Tienes razón”, dijeron cada vez más entre los ricos y respetados. “En los viejos tiempos, cuando usted y los otros andaban denunciando a Héctor y Iago, eran sólo un montón de chiflados radicales. Ahora, por Dios, están haciendo algo constructivo. Y no están haciendo enojar a la gente al atacar a personas e instituciones que respetan.”

Fondos y apoyo cayeron abundantemente en el movimiento de la Nueva Resistencia del Líder. El énfasis de la Nueva Resistencia era en la vía positiva, voluntaria.

“Héctor y Iago afirman que la suya es la mejor manera de promover el bienestar social”, tronó el Líder en un discurso. “Héctor y Iago afirman que la coacción es necesaria, por ejemplo, para el digno fin de alimentar y dar vivienda a los familiares de Héctor. Pero sabemos que los métodos voluntarios del sector privado pueden hacer ese trabajo mejor y más eficientemente. ¡Vamos a mostrarles!”

La multitud aplaudió, y pronto fondos fueron vertidos para proyectos tales como la atención voluntaria y la alimentación de los familiares de Héctor.

“Nunca ataquen los altos porcentajes de tributo”, advirtió el Líder a sus hombres de la Nueva Resistencia, “si mostramos a todo el valle que podemos hacer el trabajo de manera voluntaria, si alimentamos y vestimos y alojamos a los familiares de Héctor, por ejemplo, entonces Héctor eventualmente reducirá las tasas de tributo.¡Hagámoslo!”

“Además”, advirtió el líder a sus hombres, “si nos involucramos en el pensamiento negativo, si atacamos a Héctor y los demás, vamos a perder la exención del tributo que nos han concedido amablemente. ¡Seamos siempre prácticos!”

“Sí, seamos siempre prácticos”, acordaron los hombres.

Y entonces entró el dinero de los hombres de la Resistencia y otros, engrosando voluntariamente las arcas de Héctor y su Pandilla. Los viejos hombres de la Resistencia abandonaron su vieja prédica negativa, y pusieron manos a la dura tarea de conseguir donaciones voluntarias para los proyectos pilotos de Héctor, para mostrar a Héctor y a todo el resto la superioridad de la Vía Voluntaria.

¿Y cuál fue la reacción de Héctor y Iago y el resto? Se sentaron en su periódica reunión de la junta directiva de la Pandilla, revisando la nueva postura del Líder y la Resistencia, e hicieron sólo una cosa: se rieron, y se rieron y se rieron. Y por último Iago se recuperó de tanta risa y dijo: “¡Así que las propias ovejas nos han dado su propio chivo-Judas!”, y volvieron a rugir de risa.

No pasó mucho tiempo antes de que el Líder fuera agasajado por Héctor, Iago y el resto, en cenas y fiestas, y se le pidió que sirviera en comités de consultoría, y se le pidió que demostrara cada vez más en hechos cómo la manera voluntaria podría añadir a las arcas de la Pandilla.

En una gran convención anual de la Pandilla, con muchos hombres de la Resistencia en esta ocasión como invitados, Iago, en su discurso, se volvió hacia el Líder, ahora sentado también en el estrado, y dijo: “No olvidemos nunca, mi amigo, que nuestros fines siguen siendo siempre los mismos. Son sólo nuestros medios los que difieren. Vamos a emplear tanto tus medios como los nuestros, y entonces vamos a lograr nuestro objetivo común de la mejor manera.” [Rotundos aplausos de todos.]

Y así, lo que incluso Iago, con todas sus artimañas, no había podido lograr del todo, fue logrado ahora, y la paz y la armonía habíá sido totalmente restaurada en el valle. Los Resistentes ahora eran leales, positivos, generosos, y su amargura y odio antiguos se había transmutado en la cooperación amistosa y voluntaria con Héctor y su Pandilla.

Por supuesto, siempre hay algunos descontentos en todas las sociedades, unas cuantas manzanas podridas en cada barril.

Un par de Resistentes empezó a murmurar: “El Líder dijo que el tributo bajaría, si suministrábamos voluntariamente el resto, pero, en cambio, el tributo ha aumentado.” (“Hay nuevas necesidades para un tiempo problemático”, dijeron los hombres de Iago; “Paciencia, vamos a manifestarnos”, dijeron los hombres del Líder.)

Un descontento Resistente dijo a otro: “Al menos en la época de los Antiguos podíamos atacar al robo y la tiranía en lo abstracto, ahora no podemos siquiera hacer eso.”

Y, a escondidas, en secreto, en la oscuridad de la noche, pequeños grupos de Resistentes disidentes se reunían, y se decían unos a otros: “Héctor es un ladrón. Héctor es un asesino. “

Y un día una cosa maravillosa sucedió. A medida que el Líder se dirigía confiadamente a una reunión con Héctor y los demás en el espléndido palacio de Héctor, miró por casualidad a uno de los lindos espejos en el vestíbulo. Verdaderamente un milagro había sido forjado, porque cuando el Líder miró en el espejo, el rostro que vio fue el rostro de Héctor.