Cuatro falacias estatistas que debes desterrar de tu vida

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Por Anthony de Jasay.

Muchos científicos sociales y periodistas políticos tienen loros internos como útiles mascotas que les ahorran trabajo. Estos loros se esconden en los pechos de sus amos y están tan bien entrenados que cuando empiezan a hablar, creemos que escuchamos las voces de sus amos.

Aun así uno puede reconocer que es el loro explayándose, por el  hecho de que siempre son los mismos pocos textos que se repiten. A la mayoría de los loros les gusta uno u otro de los textos cortos que se reproducen aquí en cursiva.

El nexo producción-distribución

 La economía social de mercado, así como el socialismo de mercado, descansa sobre el principio que fuera enunciado por primera vez por el gran pensador liberal J. S. Mill de que la producción debe ser gobernada por las leyes de la economía, pero la distribución del producto debe ser decidida por la sociedad.

Es una triste verdad que Mill de hecho haya dicho esto. Debió haber imaginado, como hacen tantos reformadores sociales hoy día, que la producción y la distribución son dos eventos distintos que se siguen uno al otro en tiempo real.

Primero, el pastel se hornea, y luego nos ponemos a cortarlo y distribuir los pedazos. En esta etapa, se decide si los pedazos deben ser iguales o si alguno debiera ser más grande que los otros, quién debería recibir qué pedazo, y si todos deberían recibir pedazos. Afortunadamente, la torta ya fue horneada y no se encogerá ni se hinchará dependiendo de cómo se corte.

Esta, por supuesto, es una imagen infantil de cuento de hadas, pues un momento de reflexión revela que la producción y la distribución son aspectos simultáneos del proceso económico. La producción se distribuye mientras es producida. Los asalariados reciben un poco de ella en la forma de salarios a cambio de sus esfuerzos; los dueños del capital reciben algo de ella en la forma de interés y renta a cambio de ahorros pasados.

Los empresarios reciben la diferencia en la forma de ganancias, a cambio de la organización y de correr con los riesgos. Para el momento en que la torta está “horneada”, también es cortada y aquellos que tomaron parte en hornearla recibieron todos sus pedazos. No hay decisión distributiva pasada por alto, dejada a criterio de la “sociedad”.

Lo que la “sociedad” puede y típicamente sí hace es usar los poderes coercitivos del estado para tomar posesión por gravamen directo o indirecto de una pequeña parte de los pedazos de todos. Así, puede modificar la distribución primaria mediante una redistribución secundaria. Sin embargo, si usted cree que hacer esto no menoscaba  el “horneado del pastel” que ocurre al mismo tiempo, usted será capaz de creer cualquier cosa.

El mito de la igualdad de oportunidades

 El igualitarismo extremo no es un objetivo realista. El objetivo no debería ser la igualdad de resultados, sino la igualdad de oportunidades.

Una vez más, se ha enseñado al loro un malentendido infantilmente ingenuo acerca de cómo los individuos cooperan y compiten en abrir paso en la sociedad. La concepción errónea aparece en su forma más pegadiza y persuasiva en la muy citada frase del filósofo americano Ronald Dworkin sobre la “igualdad en el punto de partida” como el objetivo apropiado de la justicia social.

Pero no existe tal cosa como “el punto de partida”. Más precisamente, la marcha diaria en la senda que recorremos en la vida es tanto un “punto de partida” del trayecto posterior y un “resultado” del viaje emprendido hasta el momento.

Es imposible alinear, en algún tipo de “punto de partida”, a todos los individuos a cierta edad, digamos a los 12, 18, o 24, de manera que todos ellos pudiesen tener “la misma oportunidad” – la misma posibilidad de ganar que cualquier otro.

El muy conocido científico social americano Bruce Ackerman, sin dudas amo de un loro voluble, propuso recientemente que a cada joven hombre y mujer se le debería dar un capital único de 80.000 dólares en lugar de la herencia – si hubiese alguna – que por el contrario pudieran haber recibido.

La herencia sería devorada enteramente por impuestos. Con esta medida, cada joven en el “punto de partida” recibiría el mismo legado de la “sociedad” en lugar de que algunos recibieran millones y otros nada de sus familias.

La consecuencia en el ritmo de ahorros personales sería por supuesto desastrosa, pues a medida que la gente envejeciera, tendría tanto incentivo para no ahorrar de manera a no dejar nada para el recaudador de impuestos al momento de morir, dado que estarían impedidos de dejar nada a sus descendientes.

Sin embargo, incluso si el efecto sobre el ahorro personal pudiese ser ignorado, no podría ignorarse la inutilidad fundamental de la idea del “punto de partida”. Niños diferentes tienen padres diferentes. Diferentes padres transmiten a sus niños diferentes cualidades genéticas de cerebros, fuerza de voluntad, sentido del deber, y perfección o imperfección física.

Padres diferentes dan a sus hijos diferente educación en la casa variando entre la atención intensa hasta el mayor abandono. Aun si todas las escuelas pudiesen ser exactamente iguales – claro, una condición básica de la igualdad de oportunidades – a la edad de abandonar la escuela los jóvenes tendrían diferentes amigos, acceso a diferentes redes, así como equipamiento y capacidad ampliamente diferentes para correr la “carrera”. Más aún, a la mitad de la carrera, algunos estarán kilómetros adelantados a otros en riqueza, reputación, y experiencia.

Si el punto de partida se estableciera para personas de mediana edad, debería despojárseles de las ventajas que adquirieron en la vida previa antes de ser llevados al punto de partida. La igualdad en el punto de partida debería ser asegurada imponiendo la igualdad de los resultados hasta ese momento.

Lógicamente, para maximizar la igualdad de oportunidades, el punto de partida debería establecerse en un punto de la vida en que las ventajas adquiridas estén en un mínimo, presumiblemente a la edad de pre-kindergarten o al nacer. En cualquier etapa posterior, debería ser administrada más y más igualdad de resultados hasta el punto de partida, para hacer que la posición inicial sea lo más igual posible.

En cualquier caso, es un gran error afirmar que la igualdad de oportunidades pueda ser separada de la igualdad de resultados.

El “derecho a la libertad”

 En una sociedad justa, los individuos deben tener derecho a la mayor libertad posible que sea compatible con la misma libertad para todos.

Esta declaración, combinada con lo que se denomina la prioridad “lexicográfica” de la libertad, que excluye el sacrificio de la libertad por otros valores, es la sustancia del primer principio de justicia propuesto en la celebrada Teoría de la Justicia de John Rawls. Es uno de los puntos de parloteo más repetidos, aunque no sería justo culpar a Rawls por ello.

La mayor libertad posible para mí compatible con la misma libertad para usted y para cualquier otra persona implica que estoy en libertad de robarle a usted  o a cualquier otro y usted tiene la misma libertad de robarme a mí y a cualquier otro. También somos libres de llevar a cabo cualquier otro acto viable si nuestro actuar deja libertad a todas las otras personas de efectuar cualquiera de sus actos viables.

Obviamente, la salvedad “compatible con lo mismo para otros” es insuficiente, y si se deja la frase así como el criterio de libertad en una sociedad, define un absurdo. Tales desafortunados pasos en falso ocurren; nadie puede ser absolutamente infalible.

Directamente, Rawls no intentó decir lo que su afirmación implicaba. Tampoco es culpa del loro repetir lo que se le enseñó a decir. Si las cosas fueran hasta allí, todo podría ser olvidado.

Desgraciadamente, tal vez pueda perdonarse menos otra falta no tan evidente en la definición. Es fácil ver que el concepto de libertad se vuelve un absurdo si todos los actos viables están permitidos; sólo algunos actos viables pueden ser libres.

Los límites de los actos viables que también son libres están delineados por reglas que prohíben los actos que son agravios – o sea, perjuicios que nadie debe hacer a ninguna persona. De igual manera, los hechos que no son agravios en términos de las reglas son libertades. (Algunas libertades pueden en cambio ser transformadas en obligaciones por libre contrato.)

Las libertades son los restos que quedan cuando los agravios son excluidos.

Siendo este el caso, es preocupante escuchar parloteos que repiten a Rawls acerca del “derecho a la libertad”. El término “libertad” refiere a los actos que uno es libre de realizar. Pero si uno es libre de hacer algo, ¿por qué necesita uno tener un derecho de hacerlo?

El término también puede ser interpretado para significar que tenemos un derecho a nuestras libertades, de manera que si alguien las infringe, estaría violando nuestros derechos, y no debería hacerlo. Pero la persona (o institución) en cuestión no podría infringir una de nuestras libertades sin cometer un mal y quebrar la regla que define y circunscribe nuestras libertades.

El “derecho a la libertad” simplemente significa que tenemos un “derecho” a no ser agraviados. Pero dado que las reglas lo dicen de todas formas, ¿qué hace nuestro “derecho”? Entre regla y derecho, una es redundante.

Lo que es profundamente preocupante acerca de este uso indebido e irreflexivo de la palabra “derecho” es que puede ser resuelto de un plumazo asumiendo simplemente que cada acto viable está prohibido a menos que se nos conceda de alguna forma un “derecho” a realizarlo, en cuyo caso se convierte en una libertad.

Se requiere un derecho para quitarlo del universo de prohibiciones. Como dice el refrán, “todo lo que no esté específicamente permitido está prohibido”. Esta es una perspectiva bastante aterradora.

Debería hacernos preguntar quién da el permiso, en manos de quién está nuestro “derecho a la mayor libertad posible”, y quién decide qué es y qué no es posible.

Derechos de propiedad versus propiedad

 Los derechos de propiedad son concedidos por la sociedad y protegidos por ella. Es generalmente útil que los derechos de propiedad sean mantenidos, pero la sociedad tiene el derecho, dada su función protectora, de modificarlos, transferirlos, o revocarlos en favor del interés público.

La idea básica es que la propiedad se produce y se protege socialmente. Por lo tanto los dueños individuales la tienen solamente por gracia y favor de la sociedad. La sociedad defenderá los derechos de los mismos contra otros individuos, mas no contra ella misma.

Esta es una forma altamente simplificada y radical de una variedad de doctrinas relacionadas que  aceptan la propiedad individual (propiedad “privada”), pero presentan razones de por qué debería estar enteramente sujeta a la voluntad política de la sociedad que puede regular o restringir legítimamente su uso y disposición, así como puede también expropiarla con o sin compensación, las disposiciones detalladas variando desde “capitalismo democrático” hasta “democracia social”. El parloteo adopta la forma simplificada.

La propiedad no necesariamente es un producto social. Puede ocurrir por esfuerzo individual totalmente aislado de la sociedad, como es el caso del granjero de subsistencia o el ganadero en campo abierto. El grueso de la propiedad tangible e intangible, sin embargo, se produce obviamente en el curso de la cooperación social. Ese hecho, sin embargo, no la convierte en propiedad social de manera alguna más que en el puro sentido retórico.

Cada objeto poseído por su propietario ha venido a existir en su forma presente en virtud de incontables contribuciones en bienes y servicios por miembros de la sociedad pasados y presentes. Sin embargo, todos han sido remunerados por lo que dieron e hicieron en el momento en que lo dieron e hicieron. Concederles alguna parte del producto sería remunerarles por segunda vez – una sugerencia gratuita que no puede ser seria. El dueño presente posee su propiedad no por gracia y favor de la sociedad que lo permite, sino porque remuneró a todos los que ayudaron a producirla, o porque la compró o la heredó de alguien que lo hizo.

En algún eslabón de la cadena de sucesivos dueños, pudo haber habido conquista, confiscación, usurpación o algún otro quiebre involuntario en la serie de transferencias mutuamente acordadas de un dueño al siguiente. Robert Nozick repararía esas rupturas aplicando su “principio de rectificación”, pero lo aconsejable de tal compensación debe ir decreciendo bastante rápidamente con el paso del tiempo.

La propiedad no es “social” porque muchos o la mayoría de la “sociedad” haya contribuido a producirla, ni es poseída condicionalmente por los individuos porque la “sociedad” la protege para ellos. Si lo último fuese una inferencia verdadera, uno podría decir, como el presente autor dijo en un tratamiento previo de la cuestión, que “tu perro posee tu casa”.

Mucho de la confusión generada por el parloteo bien puede ser debido a decir “derecho de propiedad” cuando quiere decir “propiedad”. Aquí hay otro caso flagrante del uso de la palabra “derecho” sin reflexión.

Un derecho es creado ya sea por un contrato bilateral en el cual una parte asume la obligación de satisfacer el derecho que la otra parte adquiere y puede ejercer, o se crea unilateralmente cuando una autoridad, como el estado, confiere un derecho a una parte e impone la obligación a otra de satisfacerlo.

Cuando la propiedad es adquirida por contrato, el derecho y la obligación existen hasta que el envío es recibido y el pago efectuado. Cuando se completa la transacción, no permanecen derecho ni obligación. La propiedad queda libre. Incorpora un conjunto de libertades relacionadas con su uso, usufructo, y disposición, actos que caen todos dentro de las reglas contra el agravio. En una palabra, la propiedad es una libertad.

Los “derechos de propiedad” existen en todas las sociedades, con excepción de las más primitivas. Todos ellos involucran propiedad.

Prestar dinero genera un derecho a reclamarlo y una obligación de devolverlo. Pares similares de derecho-obligación se generan en las hipotecas, arrendamientos, seguros, derechos de opción, futuros, así como otros derivados y valores  que son activos para el poseedor del derecho y compromisos para el que contrajo la obligación. Uno podría decir que dentro del laberinto de estos “derechos de propiedad”, la propiedad representa el patrimonio neto – un activo no compensado por una obligación.

Debería estar claro ahora por qué el uso en el parloteo de “derechos de propiedad” en lugar de “propiedad” es malicioso. Insinúa subliminalmente que alguna autoridad ha creado una dupla derecho-obligación.

Un derecho a poseer la propiedad fue otorgado al dueño y una obligación de padecerlo fue impuesta a todos los demás. Pero lo que sugiere es que una concesión puede ser retirada de la misma forma que fuera otorgada. La más alta autoridad tiene el derecho de hacerlo. El error en esta insinuación se vuelve evidente cuando se cae en la cuenta de que lo que sea que haga la alta autoridad, no puede crear un par derecho-obligación.

Pensar así es caer en el mismo error que aceptar que alguien puede tener o recibir un “derecho a una libertad”, un desacierto (por no decir error garrafal) que fue sujeto de ligera broma en el ejemplo precedente de parloteos. Como todas las libertades, aquella que llamamos propiedad existe y es ejercida dentro de las normas que prohíben ciertos perjuicios (agravios).

Quedándose como lo hace dentro de las reglas, no necesita ningún derecho distinto para existir y ser ejercido. Tampoco tiene sentido pensar en una obligación impuesta a todos de no hacer contra la propiedad lo que las reglas ya les prohíben hacer.

El resultado de este inadvertido doble conteo es hacer con la propiedad lo que también se ha hecho a la libertad: es representarlos tácitamente como regalos de arriba, sin dudas merecidos por los buenos ciudadanos conscientes de las bendiciones de una sabia constitución, pero regalos de arriba al fin y al cabo.

Conclusión

 Los clichés, como los cuatro escrachados en este artículo, son nocivos no tanto por ser fatuos y embrutecedores, sino porque su falsedad es del tipo peligroso que cultiva otras falsedades que no son simplemente fatuas y un insulto a la lógica, sino que comprometen a uno a una agenda política destructiva.

La frase “primero horneamos la torta, luego decidimos cómo cortarla” de Mill enseña que la eficiencia del mercado y la redistribución no entran en colisión.

La frase “pedir la igualdad de oportunidades no es pedir la igualdad de estados finales” de Dworkin es un pasaporte intelectual a un mundo de sueños en el cual usted puede obtener lo primero sin tener lo segundo.

El “derecho a la libertad” de Rawls transforma la libertad en un privilegio que necesita de un derecho para que usted pueda ejercerlo.

La “propiedad es un fardo de derechos” de Alchian sugiere que tales derechos pueden ser dados o retirados como si fuera una pila de ramas.

Tales clichés, y algunos otros, fluyen con gran facilidad y son rápidamente aprendidos por el loro para ahorrar esfuerzo. El presente autor está seguro de que ningún lector de esta publicación los dejaría salir de sus labios o enseñaría a su loro a repetirlos.

Tal vez los lectores también tendrán el espíritu público de aconsejar a sus amigos y colegas a ser igualmente fastidiosos con respecto a ellos.

Traducción de Sergio Escobar.