La lección de Venezuela

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En el panorama electoral suele ser bastante difícil encontrar dos candidatos a la presidencia de un país que tengan propuestas de gobierno tan diametralmente opuestas que se los pueda considerar verdaderamente distintos.

En el caso de EEUU – por ejemplo – los puntos de concordancia entre Barack Obama y Mitt Romney superan enormemente a sus pequeñas diferencias. Ambos son una máquina de agrandar el estado y consumir dinero de los contribuyentes.

Sea quien sea el que gane las elecciones en EEUU propondrá una serie de medidas similares a las que ya viene realizando Obama y a las que realizó en su segundo periodo de mandato George W. Bush: estímulos fiscales, impuestos cada vez más agresivos, restricciones a las libertades individuales, un plan de expansión bélica de grandes proporsiones con un continuo y agigantado gasto en defensa nacional. En cualquier caso, los norteamericanos seguirán sosteniendo las guerras con sus bolsillos y la hipoteca de los sueños de sus hijos que ya nacen con la deuda en sus aún inexistentes bolsillos. Obama y Romney son más de lo mismo, no importa quién gane.

La particularidad de las elecciones que se dieron en Venezuela es que las diferencias entre Hugo Chávez y Henrique Capriles eran tantas y a tantos niveles que se los puede considerar dos candidatos completamente distintos, con propuestas antagónicas y visiones opuestas. Bajo esta realidad se puede evidenciar a un nivel epidérmico la naturaleza inmoral de la democracia.

Hablar de lo que Hugo Chávez hizo durante sus 14 años de gobierno es remover arena harto conocida: violencia, inflación, falta de respeto a la propiedad privada, corrupción a escalas monumentales, éxodo de la inversión privada extranjera, trabas al emprendedurismo y repartija de dinero público para fines políticos en distintos países del mundo. Lo que Chávez proponía era seguir con este sistema que él denomina “Socialismo del Siglo XXI”, mientras que Capriles pretendía algo distinto.

Posicionándose como socialdemócrata con toques liberales, Capriles pretendía luchar contra la corrupción estatal achicando un estado agigantado, abrir las puertas a la inversión extranjera garantizando el respeto a sus propiedades, capitalizar el petróleo en industrias para generar empleo y así dar una opción al que hoy elige delinquir, reformar el sistema educativo y de salud para despolitizarlo y lograr que el emprendedor venezolano vuelva a creer en la posibilidad de generar riqueza y empleos productivos en sus propio país.

Dos personas. Dos ideas muy distintas de lo que un país debería ser y en el medio de ellos 13 millones de personas que irían a dedicir qué tipo de Venezuela es la que primaría por un periodo más.

Finalmente Chávez terminó ganando por un margen de – hasta ahora – 10 %, es decir, monedas más, monedas menos, un millón de votos. Y es acá cuando el análisis sobre los candidatos da lugar al del sistema llamado democracia.

A diferencia del panorama norteamericano – y de muchos otros, Paraguay incluído – en Venezuela hacía una diferencia quién gane, y aquí surgen varias preguntas: ¿Qué tan ético es este juego de quién consigue más votos? ¿Es correcto que la visión de la masa tenga más peso sobre la vida de un individuo que su propia visión? Hoy en Venezuela poco más de 6 millones de personas ven sus sueños destrozados porque, del otro lado, 7 millones de personas les dijeron que no, que el otro sistema es mejor y que aunque no lo quieran lo van a tener que vivir igual por – al menos – 6 años más.

¿Es verdaderamente justo esto? No. Es un sistema perverso y enfermizo que se basa en el mito de que la vida en sociedad otorga a una parte de ella la opción de decidir cómo la otra parte debe vivir. Lejos de ser justo, es un sistema que premia a la mayoría con un látigo y un bozal para someter a las minorías. La democracia no es el gobierno del pueblo, es un sistema que premia a las mayorías y transforma a cada uno de ellos en un dictador en potencia que puede someter a los que piensan de manera opuesta. Y para colmo de males, se hacen llamar a sí mismos justos por haberlos hecho participar de dicho proceso.

El 7 de octubre más que nunca quedó en evidencia que la democracia es lo que sus mismos defensores confiesan a voz callada en algún que otro ataque de sinceridad: que es un sistema imperfecto, pero ¿es en realidad el mejor que hay? Quizás ya es hora de que incluyan entre sus opciones de sistemas posibles a uno que no destruya los sueños de las minorías y que no se sostenga sobre el sometimiento como método de sobrevivencia. Quizás un sistema en donde cada persona tenga el poder de decidir cómo quiere vivir su vida y con quién y en qué manera dedice cooperar.