Es por tu propio bien

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Cuando era más joven, uno de mis vecinos se acercó y me dijo que tenía algo importante que decirme.

“Tengo buenas noticias”, me dijo mientras agitaba un pedazo de papel. “Acabé de firmar la constitución del barrio. Esto te mantendrá seguro y libre. No vas a tener que preocuparte por nada, porque yo voy a hacerme cargo de ti. Lo mejor de todo es que yo voy a protegerte de ataques de extraterrestres.”

Nunca antes había considerado la noción de que tenía que preocuparme de ser atacado por extraterrestres, pero a medida que pensaba más al respecto, bueno, parecía una buena idea tener a alguien que me protegiera de ellos. Y el Sr. Madison parecía tan sincero, entonces supuse que él debía estar en lo correcto.

Nada a grandes rasgos cambió al principio, seguí viviendo mi vida y me ocupaba de mis asuntos. De vez en cuando el Sr. Madison me decía que tenía que cambiar algo de mi casa o mi patio, pero no era gran cosa. Sobre todo me sentía aliviado porque los extraterrestres no habían atacado.

El Sr. Madison no podía hacer todo el trabajo de proteger y mantener todo en orden por sí solo, así que nombró a miembros de su familia como delegados para que lo ayudasen en algunas tareas. Él solo nombraba a los mejores, por supuesto, por lo que tenían en mente siempre mis intereses. Eso es lo que me dijeron, al menos.

Yo tenía un muro de piedra a un lado del jardín de mi casa que había construido yo mismo y por el cual estaba bastante orgulloso. Pero el hijo del Sr. Madison, Franklin, se acercó y me dijo que el muro de piedra no era seguro. Me dijo que podría estar caminando cerca del muro y éste podría caer repentinamente. Le recordé que ese muro había estado de pie hace ya un tiempo y que nada le había pasado, pero él me dijo que entendía más de estas cosas complicadas de lo que yo podría entender, así que tenía que cumplir lo ordenado.

Realmente odié tener que deshacerme de ese muro, pero sabía que los Madison sabían más que yo. Además, teníamos esa constitución del barrio que decía que podían ordenarme qué hacer, así que imaginé que tenían razón. Derribé el muro de piedra y lo remplacé con una valla de tela mecánica, que fue proveída y vendida por un amable señor recomendado por el Sr. Madison.

Después de eso, los Madison empezaron a encontrar más cosas que necesitaban ser cambiadas. Lyndon, el otro hijo, se acercó un día y me dijo que habían decidido que yo era demasiado pobre para hacerme cargo de mí mismo adecuadamente, por lo que iban a empezar a tomar decisiones por mí sobre a qué médico ir y cuánto le debía pagar, pero que también me iban a ayudar a pagar el costo. Yo era perfectamente feliz con mi viejo doctor – el que venía a mi casa siempre que era necesario – pero los Madison saben más que yo de estas cosas complicadas.

No hace mucho, el Sr. Madison se acercó y me dijo que había decidido que yo necesitaba comprar un auto. Yo estaba confundido, porque yo no necesito un auto. Yo vivo en la ciudad, así que tomo autobuses para ir a donde quiera. No podía permitirme el lujo de comprar un auto y no entendía por qué necesitaba uno.

“Sólo haz exactamente lo que te decimos que hagas,” dijo el Sr. Madison. “Es por tu propio bien, ya lo sabes.”

Esto no me gustó ni un poco, así que le recordé al Sr. Madison de algo en su constitución del barrio que decía que yo tenía el derecho de apelar la decisión. Le dije que eso era lo que yo quería hacer.

“Hijo, ciertamente estás en tu derecho”, dijo amablemente. Me di cuenta de que él se preocupa mucho por mí. El Sr. Madison dijo que su esposa, Sandra, era el juez de apelación. Eso parecía justo, porque ella podía leer la constitución del barrio y podría darse cuenta de que en la constitución no decía en ninguna parte que podían obligarme a comprar algo.

Esta mañana, el Sr. Madison se acercó con Sandra para contarme su decisión. Y venía otro hombre con ellos.

“Necesitas comprar un auto”, dijo ella. “Es parte de nuestro compromiso de cuidar de ti. Pero aquí está la buena noticia. Éste es el Sr. Sloan. Él tiene una concesionaria y va a venderte uno. Así que no tienes que preocuparte por ello, ya lo hemos decidido todo.”

Todavía pensaba que no necesitaba un auto, así que no me encontraba particularmente feliz al respecto, pero ellos tenían ese trozo de papel que decía que me podían decir qué tenía que hacer, así que, ¿quién era yo para discutir? Me compré el auto, pero no lo he usado todavía.

Dentro de todo, esta constitución del barrio ha sido un gran arreglo, aunque haya habido algunos topes en el camino. Lo mejor de todo es que el Sr. Madison ha cumplido su promesa más grande. Todavía no he sido abducido por extraterrestres.

Cuento original de David McElroy. Traducción de Gabriel Grommeck.