Diferencias irreconciliables

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Por Sanie Rojas

Solicitud de divorcio

Motivo: Diferencias irreconciliables.

Ilustre, aunque no muy apreciado esposo:

Ya va siendo hora de que nos separemos. La relación nunca fue de mi agrado; nuestro matrimonio fue impuesto y arreglado por nuestros padres. Esta relación fue siempre de abuso, por lo que ya no estoy dispuesta a seguir aceptándote. Y aunque sé que el juez te dará la razón, y no me concederá este divorcio, ya no pienso quedarme callada. Para que no te quepan dudas, a continuación te detallo las cosas que te reclamo y los motivos de mi solicitud.

Desde un principio, en todos mis emprendimientos te entrometías, me decías qué hacer y qué no hacer, cómo hacer o no hacer. Me prohibiste actividades en las que yo hubiera querido sobresalir y me pusiste muchas trabas para hacer otras por diversión. Cuando quise abrir una empresa para mantener a nuestra familia, a duras penas me diste tu “consentimiento” de macho poderoso e imponente, y cada vez que yo lograba obtener ganancias me sacabas una gran parte para hacer lo que se te antojaba sin preguntarme. Mantenías a tus otras mujeres con el dinero que me quitabas.

Me aseguraste que no me faltaría atención médica cuando lo necesitara, sin embargo demoraste mucho tiempo en atenderme, cuidarme y llevarme a lugares adecuados de atención. Aun así, aunque te ayudaba a pagar el seguro, tuve que parir en los pasillos, estar internada sin camilla, o esperar meses y meses la atención urgente, y nunca buscaste un mejor servicio. Nos tuvimos que adecuar al inútil seguro que ya tenías.

Por momentos incluso me obligaste a quedarme callada, sin poder decir palabra para expresar lo mal que lo estaba pasando. Retuviste mis cartas y censuraste mis mensajes. Estuve incomunicada, sin contacto con el mundo exterior. Me obligaste a tener una religión, la que más agradaba a tus padres. Me impediste pensar y controlabas toda la literatura que caía en mis manos.

Cuando pasó el tiempo y creíste que tal vez yo podría ser dócil, me torturaste y corrió sangre por la casa, sin que pudiera yo decir nada. Y lo que es más, me llevaste a creer que todo estaba bien, que todo lo que ocurría era normal, y si yo sufría alguna tortura era porque me la merecía. Si me pegabas en la cara era porque había dicho algo que no te gustaba. Si me encerrabas era porque había hecho algo que no querías. Por mucho tiempo no vi la luz, encerrada en el cuarto que habías dispuesto para mí. Los vecinos se preocuparon, pero también a ellos los amenazaste para que callaran.

Sufrí mucha violencia en este matrimonio. Por cada cosa que yo quería hacer tenía que pedirte permiso; por cada permiso que me dabas tenía que adularte y darte parte del dinero que había ganado, y mientras más dinero ganaba más dinero me sacabas. Así es que perdí las ganas de seguir manteniéndote. Prefería morir de hambre y arrastrarte conmigo, que poner todo mi esfuerzo en trabajar y mantener a tus numerosas amantes.

Y en ese momento, cuando notaste que realizaba trabajos a tus espaldas, aún sabiendo que el dinero nos iba a beneficiar a ambos y que no estaba haciendo nada malo, me castigaste duramente y me impusiste más y más de tus reglas y prohibiciones. Ante cada cosa que quería comprar —con mi dinero— para mi gusto y disfrute, me exigías que te diera una parte, una parte que nunca intentaste producir por vos mismo. El fruto de mi trabajo nunca lo pude disfrutar completamente.

Podría seguir eternamente listándote los sufrimientos y penurias que atravesé a tu lado, pero no habría tiempo suficiente para poner todas las cartas sobre la mesa.

Por lo tanto, quisiera por todo esto dejar constancia de las diferencias irreconciliables que existen entre nosotros. Nuestros caminos, separados; nuestros ideales, diferentes. Mientras que yo trabajo y me esfuerzo por un futuro mejor, tú no eres más que un inútil y zángano aprovechador, ESTADO.