Crítica libertaria a la marcha por la despenalización de la marihuana

Posted by in artículos

Por Martín Benegas

Como viene sucediendo desde hace algunos años se realizó hace unos días una nueva edición de la Marcha Mundial por la Marihuana. En la misma se congregaron miles de personas que abogan por que el estado deje de perseguir a quienes deciden consumir dicha planta y disfrutar de sus efectos sobre la percepción.

Entre los participantes había desde luego consumidores y también gente que si bien no consume se opone a que el estado regule un acto privado como lo es fumarse un porro. Desde el punto de vista libertario cualquier movimiento que abogue por abolir la injerencia estatal en lo que las personas hacen con su propio cuerpo merece todo nuestro apoyo. Ahora bien, como expondré a continuación, no todo es color de rosas entre estos activistas.

En todas estas marchas la idea subyacente es siempre que la marihuana debería ser legalizada o despenalizada puesto que no es “tan nociva” como otras drogas, e inclusive que es menos nociva que otras sustancias cuyo consumo y venta no está prohibido por el estado, como el tabaco y el alcohol.

De aquí se desprende la peligrosa idea de que el estado no tiene derecho a prohibirnos consumir lo que queramos salvo que aquéllo que decidimos meternos en nuestro cuerpo sea catalogado como “peligroso”. Incluso en las marchas se puede ver a gente que pide lisa y llanamente la prohibición del tabaco, como también del alcohol. Es decir, son libertarios con respecto a la marihuana y fascistas respecto a las sustancias que ellos consideran nocivas para la salud.

Es acá donde queda moralmente deslegitimado el movimiento común por la marihuana, ya que querer que se prohíba una sustancia por el sólo hecho de que ésta es peligrosa para la salud viola el derecho inalienable de disponer como nos parezca de nuestro propio cuerpo. Además, deja en manos de los burócratas de turno la potestad de decidir arbitrariamente lo que es o no “peligroso” y cuánto es “demasiado” consumo; esta arrogante actitud de erigirse en protectores o tutores, pasando sobre la voluntad de las personas, es la piedra fundamental de todo autoritarismo, y sin embargo muchos de los que sostienen estas ideas creen ser adalides de las libertades individuales, libertarios y rebeldes. Por otro lado, es risible imaginarse el absurdo mundo donde a rajatabla cualquier sustancia potencialmente nociva para la salud estuviera prohibida. Invito al lector a imaginarse lo insoportablemente aburrido que sería ese lugar.

 Aquí entra en juego otro factor, la autocensura. Años y años de adoctrinamiento estatal sobre los incontables peligros de las drogas y sobre todo la falsa idea de que drogarse es un acto inmoral (es tan moral como comerse un bife o tomarse una aspirina), sumado a la persecución penal de quienes consumen estas sustancias, han hecho que los consumidores de otras drogas que no tienen el halo romántico hippie impuesto por la cultura pop oculten que consumen por ejemplo cocaína o heroína. En muchos casos se ven a sí mismos como delincuentes y parias sociales a pesar de que el número de personas que consumen drogas “ilegales” es enorme.

Es por eso que apoyaría sin reparos marchas que decidan cambiar el enfoque: en vez de pedir que se deje de perseguir el consumo de una sustancia por que “no es muy nociva” debería exigirse que el estado deje de regular la vida privada de las personas, que cada uno es libre de experimentar con la sustancia que desee, de estimularse e incluso de autodestruirse, ya sólo él es dueño de sí mismo. Apoyaría también a los consumidores de otras drogas que decidan “salir del closet”, sentirse orgullosos de su estilo de vida y sumarse a marchas multitudinarias pidiendo por la despenalización de la producción, consumo y venta de todas las drogas y de la liberación de miles de inocentes que se encuentran privados de su libertad por el “delito” de vender una planta o sus derivados. Estas marchas sin fisuras morales, sin contradicciones, serían mucho más provechosas para la causa de la libertad, puesto que servirían para lograr que la sociedad tome conciencia de lo absurdo de la prohibición de todas las sustancias y de lo injusto de los crímenes sin víctimas.

 “De la piel para adentro empieza mi exclusiva jurisdicción. Elijo yo aquéllo que puede o no cruzar esa frontera. Soy un estado soberano, y las lindes de mi piel me resultan mucho más sagradas que los confines políticos de cualquier país.” —Antonio Escohotado